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Con el perdón de las expertas: colores

¿Soy yo? ¿Sólo yo veo este color amarillo que inunda el comedor y que anuncia la llegada de un cielo gris. Gris como el color del pelaje de la rata que entró en la sala de mi casa el martes. Gris con fuertes estruendos que retiemblan en las ventanas. Ya viene la tormenta.

La palmera que veo todos los días se mueve. Las palmas, secas, hacen ese shhhh acompasado que se escurre en mis oídos y me lleva al mar. El mar, que desde hace seis años no veo. El mar que abracé con esa familia cuyo fuego va desapareciendo.
La palmera. Foto: @limontse

Vela a vela va extinguiéndose. Dos se unieron, ya son cuatro. Otra se fue a donde la cera se derrite, por cierto ¿de qué color serás ahora A? Una que quiere unirse a un cometa. La otra que se cayó sobre mi mantel y lo incendió por tres años, tal vez todavía, de pronto pienso que sigue encendido. Las demás, velitas de ora pro nobis, que sólo caminan alrededor de los peregrinos sin darles asilo.

La luz candente del foco abruma mi ojo izquierdo. La ventana ya es toda amarilla. Mis intentos por capturarla son inútiles. No hay lente ni cámara que puedan ver como mis ojos los tres tonos de amarillo que ya recorrieron el vidrio, que danzaron en la cortina entre las sombras. Como los momentos, lo que mis ojos ven, lo que mi cuerpo siente, no se puede envasar.

Naranja y del cielo caen las primeras lágrimas. Las que apenas se asoman en el rabillo del ojo cuando advertimos que los que llega no es la chuva en Santiago ni las águas de março. 

Café, color camello. Las conocedoras me darán algún pantone, que me perdonen las expertas. Con el viento y el olor a la mantequilla sobre las palomitas el gris invade las cortinas y es la bombilla quien ahora les llena de color.

Tus tacones hacia la cocina me recuerdan tiempos negros. Tu vestido negro, el luto permanente que desde hace más de tres años llevas autoimpuesto. Me gusta escucharte mover cosas y, aunque sea, tener el olor de tu perfume y tus pasos, tus manos hojeando el libro de Neruda. Sí, ya viene la tormenta.

Blanco. Gris, claro y oscuro. Azúl. Café de hojas secas. Amarillo artificial.

La Image of Maria me calienta la pluma. Cuando era más pequeña me decías que la naturaleza era la mejor forma para saber la combinación perfecta de los colores. Son las manos de Dios las que pintan este lienzo.

Silencio. Un rayo y otro más. No hay estruendo. Un flashaso que me espanta y te trae a mi mente. En la "calle nueva", la que nos inventábamos las tardes después del trabajo y el colegio. La que nos llevaba a mamá y a mi a la cueva más estrecha que guardaba la amenaza constante de la presencia del deseo sin mediación. Ni de la mente, ni de la moral, ni de la edad.

La imagen constante que se niega a desaparecer, aunque esta tarde todo era sobre el amarillo y mi sorpresa.

La tormenta no ha llegado, tal vez tarde un poco más en caer.

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