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“¡Por todas...!”

La embestida llegó cuando aun no terminaba de levantarme de la anterior. Tus manitas: fuertes y con vida, junto con todo tu cuerpo, fueron encontradas en una bolsa naranja en un camino de terracería en medio de una de las ciudades más grandes del mundo. 

A ti también te asesinaron Fátima, bebé, pequeña. 

Mi nena te lloro y no te conozco. Te lloro y lloro a Ingrid, a Lesvy, a Marichuy, a Diana, a todas. Nos lloro. 

Eras una bebé. Eras una artista o una bióloga que iba a curar el VIH. O ibas a tener niñas hermosas, como tú, que corrieran libres por las calles. 

Entiendo tu miedo y tu dolor, tu desconcierto y calma cuando alguien desconocido te tomó a la puerta de la escuela. Tal vez ese día no te supiste las sumas y creíste que era tu culpa que tu mamá no fuera por ti. A mi también me pasó, sentí el desconcierto de la culpa y el dolor ya no se me quitó. Pero a ti, pequeña Fátima, ya no te dejaron vivir.  

Un grupo de dolientes te arrebató de nuestras manos y te dejó al rojo vivo, como a Ingrid, tu nueva tía, la muchacha que te recibió en el cielo. 

Las dejaron doloridas, sin descanso y a nosotras sin ustedes. Sin sus cuerpos, sin sus risas ni sus lamentos. 

Espero que ahora encuentren consuelo. Siento que se abrazan y corren juntas, con todas cuyos nombres no decimos. O que nos repetimos bajito en las noches porque duele más nombrarles. 

Que sepan que no se van, nunca nos dejan y no nos van a quitar sus rostros de la piel, por mas desolladas que nos tengan. 

NUNCA MÁS UNA MUNDA SIN NOSOTRAS.

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