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Alias Grace: el machismo mata

¿Cómo hacen las personas para que parezca tan sencillo mirarse al espejo? ¿Será que no ven realmente lo que veo yo cuando me cruzo con uno?

Hace tiempo que evito verme en ellos. Pero cuando lo hago trato de que sea en una ventana con fondo oscuro, la pantalla bloqueada de mi celular o un cuadrito en el que sólo se ve una parte de mi rostro. No me gustan los espejos.
He aprendido que mis ojos no me ven a mi, que ven todas esas partes que me han conformado. Me ven niña y me ven mujer. Me ven atolondrada y completamente atenta. No logro separar ojos, pensamiento, recuerdos y dolor.

Cuando me cruzo conmigo, directa y claramente no me conozco. Tal vez por eso me atemorizan. Son tantas las cosas que ahora veo en mi cuerpo, en mis propios ojos, que me aterro. Es un cuerpo diferente: veo huesos que no veía, no desde que empecé a no verme; veo líneas y algunas canas; veo ojeras y mejillas coloradas; me veo atentamente y no sé quién es la mujer que veo, tal vez por eso el impulso que tengo es romper el espejo. Quebrarlo y así quebrar el breve reflejo instantáneo. No me gustan los espejos.

Alias Grace, mini serie de Netflix, me puso a pensar sobre esto. Grace es una mujer encarcelada por un sistema judicial machista, patriarcal y, sobre todo, capitalista.

Situada en Canadá en los últimos años del siglo XIX plantea, como lo hizo Marcela Lagarde en "Los cautiverios de las mujeres", las diferentes miradas a las que es expuesta una mujer configurada de esta manera por su sexuación.

Basada en una historia real hecha novela por Margaret Atwood en 1996, la directora Sarah Gadon en compañía de la autora, logra captar la esencia de la sociedad patriarcal que ha vuelto los cuerpos de las mujeres en un territorio de conquista y un espacio de placer culposo, que con la llegada de los feminismos hemos comenzado a haver visible.
Cárcel, psiquiatras, asesinato, violaciones, abusos, religión, malos tratos, un psicólogo, la sociedad como ojo avizor, y seguramente muchos más componentes vuelven esta serie un relato que da pena que no continúe.

El último capítulo es, para mi, un cierre apresurado. Sin embargo lo pienso como algunas cosas en mi propia vida, no requieren más explicaciones, es como fue y como es. Simple y llano.

Si les gusta, como a mi, torturar su mente pensando y pensandose a través de los conflictos de un personaje ficticio, que bien puede ser la historia de cualquier muje encarcelada hoy en el penal de Sta. Martha; véanla. Sólo descubriran sus propios enredos y tal vez se den cuenta que, como yo, odian los espejos.

Acá el soundtrack

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